La cosmología medieval distinguía en el universo dos regiones con características bien diferenciadas: la esfera sublunar que contenía las sustancias que están sujetas a la corrupción debido a la contrariedad de las cuatro cualidades frío, calor, sequedad y humedad; y la región celeste, poblada de cuerpos incorruptibles, sin rugosidades, perfectos en su esfericidad y en todos sus atributos.
En la región sublunar, los cuerpos se desplazaban debido a la tendencia que tenían los elementos de que estaban compuestos a ocupar su lugar propio; fuera de éste estaban desplazados, inacabados, apeteciendo su perfección completa, que conseguían al alcanzarlo. El lugar central e inferior era el propio de la tierra, elemento frío y seco; sobre ella se situaba el agua, cuyas cualidades eran la frialdad y la humedad; encima el aire, que era caliente y húmedo; y, por fin, la parte más alta correspondía al fuego, cálido y seco.
En la región celeste, la materia de los cuerpos era distinta; la forma de los cuerpos celestes colmaba totalmente la potencialidad de su materia, por lo que no les quedaba posibilidad de ningún cambio fuera de la rotación circular de las esferas.